Durante infinitos años, las mujeres han
permanecido en el hogar cumpliendo allí con sus deberes, hasta que el
desarrollo industrial las sacó de él para lanzarlas a la lucha por la vida.
Pero esta alteración en las tareas femeninas, esta pérdida de la protección del
hogar que debió acarrear al mismo tiempo la emancipación de la mujer, ha
significado por el contrario, la consagración de un odioso estado en el que
ésta se ve sobrecargada con la doble tarea del hogar y de la fábrica u oficina,
sin ninguna legislación o ayuda especial que les permita ejercer sus deberes y
derechos. Sin igualdad en la retribución del trabajo, ni posibilidad de hacer
efectivas sus decisiones ante ninguno de los problemas que le atañen.
En una palabra, la mujer es hoy por hoy el
ser más desvalido de la sociedad y como si esta situación no fuera aún lo
suficientemente penosa, ahí están acechándola los espectros del fascismo y de
la guerra, para privarla de todos sus pequeños derechos adquiridos, para
obligarla a ser tan sólo la preparadora de máquinas de muerte en la retaguardia
de la guerra o el descanso del guerrero fatigado de la lucha.