Carlos Ibáñez se convirtió en aliado de los capitalistas norteamericanos, a quienes les aseguró los monopolios del cobre, de la energía eléctrica, del salitre, de los tranvías y del comercio. Se calcula que, en 1930, las inversiones directas de capitales norteamericanos en Chile, sumaban 729 millones de dólares. Con ello, los primeros años de la dictadura dieron la sensación de una notable bonanza, que permitió emprender algunas reformas de carácter económico, estimulando la inversión hacia la industria liviana. Se solicitaron varios empréstitos a la banca extranjera, para desarrollar un gran plan de obras públicas, que provocaron una mayor subordinación de la economía chilena.